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| Paz
Dubarry | ||||
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| actualidad El macho posmo por Paz Dubarry Un ejemplar en boga desde la relatividad enunciada por los filósofosos posmodernos . El mejor amigo de la mujer y el amante menos probable. Como los almuerzos de trabajo (en los que ni se almuerza ni se trabaja), el macho posmo es masculino pero no macho, y acaso demasiado posmoderno para la mujer de estos tiempos. Retrato, radiografía, ventajas y desventajas de esta nueva actitud. Bah, la vieja histeria (sí, histeria) de siempre. | ||
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Fuentes: http://www.angelfire.com/ky/sociologia/lipodef.html |
¿Cómo identificar al macho posmo? Si es necesaria una radiografía podríamos verlo rondando por museos, galerías de arte, ferias de todo tipo y color y en algún que otro evento de lo que hoy en día podríamos definir de culto (festivales de cine, obras de teatro confesionales y recitales semielectrónicos). También está siempre acompañado por mujeres. Como ya dijimos, no es gay, sólo que para él el sexo pasa por otro lado. No le interesa acostarse por deporte. Nos valora más y no se siente cómodo tomándonos como simples utensilios de cama. Usa gorros, boinas, bonetes. No es extravagante pero, cree que es sumamente necesario engendrar el propio estilo. El casual es por supuesto obligatorio. No le gusta la formalidad, ni tampoco la rutina. El macho posmo jamás sería contador. Prefiere definitivamente estudiar in aeternum. No se siente obligado a seguir con la tradición familiar. Nada de eso. Si pudiera salirse con la suya, estudiaría historia del arte africano, idiomas extravagantes, diseño y, como mucho, arquitectura. Cuando papá le sugiere volverse productivo no duda en tildarlo de nazi. El macho posmo es protegido por mamá e incomprendido por el papá (a menos que este haya sido hippie o también esté ingresando a la posmasculinidad). Los machos posmo tienen ideales soberbios. Creen en el ser humano y, por sobre todas las cosas, creen en la creatividad. Cuanto más homemade más valioso. Cuanto más personal más distinguido. No le importa lo que piensen los demás. Quizá porque su generación es absolutamente... posmo, y no cree en los estereotipos, aún cuando por diferenciarse, inevitablemente, se transforman en eso. Es esmirriado, pálido, flacucho. Los deportes son sólo accesorios que, de vez en cuando, es necesario usar. No le gusta lo bruto y está siempre a favor de la paz y de la no violencia. Tranqui, tranqui, tranqui. El macho posmo no sufre de estrés pero sí de histeria. Es coqueto en todo y dubitativo para encarar. No fuma ni toma casi alcohol. Todo lo contrario de la mujer posmo. Y ese es el problema. Que el macho posmo es un gran ejemplar, imperdible e irremplazable pero, sólo cuando se busca un gran amigo. Porque la mujer posmo ha resultado ser casi todo lo contrario. Ella fuma, toma, sale sola, trabaja mucho y ama la responsabilidad. Ella es el orgullo de papá y la preocupación de mamá (que la ve indefectiblemente condenada a la soltería). Esta especie de mujer abunda y empalaga. Hace de todo, menos cocinar (cosa en la que el macho posmo suele ser muy docto) y no piensa en la maternidad. O, al menos, no tradicionalmente. Pero, ella quiere casarse y sueña con el principe azul. El tema es que nadie, y menos el macho posmo, parece tener el suficiente coraje. Ella está cansada. No eligió llevar los pantalones. Heredó las ansias de superwoman de su madre que, seguramente, dejó la carrera por los hijos o el marido, y le enseñó -u obligó- a no dejar nada por nadie. Y ahora estamos ante un gran conflicto. El macho y la mujer posmo sólo son compatibles en la amistad. Porque entre tanto trabajo y responsabilidad ella quiere, necesita y pide, toneladas de sexo desenfrenado o, al menos, apasionado. Y él, con toda la paz que lo caracteriza, suele ofrecer dormir cucharita. Ella, con tanto poder que ha adquirido, quiere que cuando ose levantar la voz se encuentre con una respuesta tan irrefutable como una buena cachetada. La mujer de hoy está a punto de colgar los botines. Ella quiere, y ojalá pueda, volver al bife. A cocinar bifes y a recibir uno de vez en cuando. Porque somos globales pero argentinas y nos gustan los hombres aunque usemos pantalones y nos queden bien. Los hombres para maridos (o mejor aún, amantes) y los machos posmo para amigos. No hay vuelta que darle. ¡Y basta de ambigüedades! Que la mujer trabaje, y gobierne, que haga lo que quiera pero, que sepa que cuanto llega a casa tiene un animal humano al que respetar y en el que apoyarse. Y que el hombre llore, se peine y se cuide pero, que sepa que, aunque nos vaya bien solas, todavía soñamos con el vestido blanco, las flores y los chocolates. Un "te quiero" a la mañana y un "llegá temprano" a la noche. Pero, dicho como corresponde y por quien corresponde. Porque invertir los roles fue una orden de los fracasos matrimoniales de nuestros padres y de su bohemia también frustrada. Pero, no nuestra. ¡¡¡¿¿¿Me entendés, mi amorrrr???!!! (Buenos Aires, julio de 2003)
Esta nota fue publicada originalmente en la revista "El Planeta Urbano" en la edición de junio de 2003 | |
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