| Arquitectura
Ciudad
y política por Máximo
Cossio Etchecopar Con
lo que esta pasando en las ciudades este es un tema para reflexionar
La
ciudad europea: análisis El
crucifijo sobre el lecho matrimonial, que dura toda la vida, un Rolex, un Matisse,
una alfombra, la cristalería, esos adornos y esas estatuillas que los antiguos
enterraban junto a sus difuntos, y la certeza de algunas eternidades, de la Urbe,
del cristianismo, de la necesidad del comunismo, o del propio arte, “exgi momentum
aere perennius”: objetivos o convicciones, en los cuales vuelven a poner la esperanza
irracional de sobrevivir, irrenunciables sustitutos de la inmortalidad y tenues
pantallas para la angustia de la muerte, prenda en la memoria de los vivos de
nuestro haber existido. Esta
esperanza de sobrevivir en el recuerdo de las propias acciones (objetos, convicciones)
se inscribe en un “corpus” místico colectivo cuya existencia no parece tener ni
principio ni fin, sellada en símbolos de cristal en los lares de la “gens”, en
la fe la “umma”, en la ritual antropofagia de las tribus salvajes que incorporan
materialmente a los difuntos. En
la ciudad europea el sentimiento de la supervivencia se trepa en los muros de
la ciudad-la masa de las simples casas construidas para una generación, mezcladas
con temas colectivos construidos para la eternidad- testigos de nuestra muerte
individual pero también demuestra inmortalidad colectiva. En otras sociedades
los hombres habitan el espacio de su clan, de su tribu, de su familia, a la que
pertenecen ante todo. Mientras que el fundamento de la existencia social es en
Europa desde hace mil cien años precisamente la pertenencia ante todo a un lugar
estable y circunscripto, el ser ciudadano de una ciudad, de la cual pueden emigrar
solos-la familia europea es nuclear-buscando la ciudad más acorde con el carácter
y espectativa de los que la habitan (de la cual luego serán ciudadanos aún sin
haber nacido en ellas) pero nunca libres de no pertenecer a esta o a aquella.
El
hábitat traza siempre una encrucijada en el espacio y en el tiempo, pero solo
en Europa es la consistencia física de la ciudad la que da cada uno la seguridad
de existir: como individuo en nuestra casa o comercio u oficina cada día, reconocibles
para los demás, como comunidad estable- aunque formada por un indefinido “turn
over” de ciudadanos- en la gama de los temas colectivos (iglesias, teatros, paseos),
los mismos en todas las ciudades Europeas. La
ciudad en Europa, es el espacio existente de los ciudadanos, opuesto en su conjunto
de lugar habitado a lo no habitado como en todas las otras sociedades, pero solo
en la Europea esta entrelazado con los pensamientos y los sentimientos, con una
pasión nunca vista en otro lugar: el sitio, el corte, la fachada de la casa son
el signo visible del estatus Europeo; la ciudad en su conjunto sitúa el estatus
en toda Europa. Paredes de la esperanza individual, una casa mejor en una ciudad
mejor, quizás en esa ciudad campo, recurrente en la utopía- género literario intrínseco
a Europa- la “garden city” de Moro y de Howard o la gran máquina de Le Corusier.
Pero también paredes de la desesperación, atravesadas por el sufrimiento en las
cantinas y en los cielorrasos, en los “Slums” y en los guetos, muros contorsionados
por el poder alrededor de universos- oficinas y conventos, fábricas o escuelas,
hospitales y orfanatos- ritmados por el rigor de los horarios. Este
paisaje de muros resistente y tranquilizador es como el río Heracles, siempre
la misma ciudad, pero nunca la misma agua. Cada ciudad o quiere una casa nueva,
y quizás una ciudad regenerada, pero su esperanza de inmortalidad es luego una
casa duradera en una ciudad estable: una contradicción evidente, pero las sociedades
no se distinguen quizás tanto de sus instituciones arquetípicas cuando precisamente
de las contradicciones a las que éstas dan lugar, propias, en cambio, de cada
uno. En los sueños de los demás, cada ciudadano- aun por su parte siempre frenético
por cambiar algo, por mudarse a un rascacielos o a una villa suburbana, por pretender
un gran teatro lírico o un inmenso estadio, una calle mas larga o una plaza más
decorosa, un parque sin límites donde había callejuelas compactas- ve un peligroso
atentado contra la figura reconocible de la ciudad, y todos hacen que el ritmo
de la transformación de conjunto mantenga aceptable el estrés de la enajenación,
hacen que el correr de las aguas no desnaturalicen el río. Registran
en el recorrido cotidiano, la transformación de un comercio o de una fachada aquí
y allá, pero solo después de diez años constatan sorprendidos un cambio de conjunto,
que todo conjunto los habría precipitado en la inquietud, como los inquieta una
nueva casa demasiado singular o un tema nuevo en un ambiente antiguo. Para
que la ciudad sea percibida como una masa sustancialmente estable, las mutaciones
cotidianas de su aspecto físico deben ser apreciables en su conjunto solo después
de bastantes generaciones, bizarras curiosidades surgidas en la transparencia
de lejanas descripciones. Cada
cosa de la ciudad incorpora una duración social, reconocida por el sentido común,
y un cambio que altera la duración de demasiadas cosas, esperada por demasiados
ciudadanos- quizás por la mayoría- los precipita en la inquietud. Esta duración
social no depende de la consistencia material de su situación en el tiempo subjetivo
de cada uno, cuya conciencia mide el arco de la individual vida humana, sino que
es compartido socialmente para dar sentido a sus esperanzas de inmortalidad. El
tiempo de las cosas El
término medida en Europa es usado impropiamente para indicar la relación imaginable
entre la estrategia de vuestra vida y su duración prevista: algunas estrategias
cubren el arco natural (por ejemplo la familia/amor, a la Luhmann, concluye con
una vejez rodeada de nietos) otras lo interrumpen antes (por ejemplo los mártires
de la fe o de la libertad), otras en cambio lo sobreviven (los ermitaños para
que los que todos los días son iguales), de modo que la longitud de la vida, en
términos de años, meses y días, no constituye intrínsecamente un valor, pero la
gama de las opciones plausibles se reduce en cada sociedad al hecho de que, sí
esta duración no es para todos la misma, se puede comparar con la de los demás:
la vida cotidiana necesita ritmos socialmente reconocidos, constituidos no solo
por una sucesión abstracta de ambientes (la primavera, el invierno, la noche,
el día), y de acciones (las edades de la vida, los momentos del día) pero marcados
concretamente por la duración de las cosas, de los animales que mueren o de las
casas que caen. En
la ciudad Europea la estrategia individual cubre comúnmente el arco de la vida
natural, sobre todo porqué están habituados a pensarla como un campo ilimitado-
más tiempo, más todo- y solo la libertad que la permite es un valor mayor, para
el que aceptarían morir. En este arco, cada cosa de la ciudad tiene su propia
duración esperada, que hace socialmente medibles los ritmos de vidas individuales
irremediablemente distintas, y al mismo tiempo vuestro subjetivo sentido del tiempo:
en esa sociedad, un comercio dura al menos los años de la sociedad; una casa,
todo el ciclo de una familia; una iglesia, varias generaciones y una ciudad durará
eternamente (en el sentido que la sociedad europea es impensable sin ciudad).
Y se ve en la ciudad un paisaje sobre el que se asoman los negocios con las insignias
de breve, bajo casas dignamente ligadas al tiempo de alguna generación, a menudo
en las severas plazas de las intocables catedrales del siglo XIV, todo condensado
y compacto, como si las calles que unen las casas materializaran los pactos cívicos
que unen a todos. Retórica
de la velocidad En
los últimos 150 años un ritmo de vida mas acelerado ha sugerido el clima de una
transformación de época (no solo cuantitativa- la evidente en la dilatación edilicia
o en la producción industrial- sino también cualitativa) que otras generaciones
tienen antes que la de los de hoy, han inmaginado que vivían; antes de Klee, Vasari;
antes de Le Corbusier, Lois-Sébastien Mercier; antes de Keynes, Gioachino da Flore;
antes ce los concorde y de la radio, las locomotoras humeantes y el telégrafo.
Pero,
detrás del “sprawl” edilicio condensado en la retícula metropolitana, donde la
velocidad parece haber vuelto a diseñar las antiguas barreras del tiempo y del
espacio, reconociendo muy bien en cada cosa la persistencia vigorosa de su tiempo
específico, sedimentado a partir del año mil: nuestra casa- la casa del ciudadano-
es la condición misma de la vida social y dura toda la vida (las casas de campo
son desde has mil años solos un espejo de la casa de la ciudad), mientras que
los temas colectivos incorporan el tiempo largo de la “civitas”; y los ciudadanos
difícilmente aceptan sus modificaciones radicales. Es
cierto que las mayores ciudades son tan ilimitadas que la conciencia de pertenecer
a ellas no tiene verificación simbólica inmediata, ni en su paisaje quebrado,
ni en los temas colectivos: las periferias son así, sobre todo, desiertos de sentido.
Este vacío de sentido no depende, sin embargo, de la extensión de nuevos asentamientos
y de la celeridad de los transportes, sino del salto brusco- puesto también en
evidencia por Voltaire en su época- entre el rápido incremento de standard residencial
y de la correspondiente lentitud en la difusión de los temas colectivos, entre
el rápido construir nuevas casas de esta generación y el lento proceder de los
temas colectivos de generación en generación con el ritmo de siempre. Un
salto recurrente que depende, en cuanto concierne a los temas reconocido, del
curso cíclico de la propensión, por la esfera privada o por la esfera pública-
que la tendencia igualitaria del siglo XX, promoviendo en masa los derechos individuales
de ciudadanía (calles, escuelas, hospitales) en perjuicio de los temas simbólicos
de la “cívita” ha contribuido a acentuar- los temas nuevos de los largos tiempos
de los procesos de tematización social. El reconocimiento colectivo de un nuevo
tema comporta mas de un siglo para incorporarle un sentimiento de duración que
sobrepase una generación, y por eso nacen solo dos o tres en cada siglo. Simétricamente,
su pérdida de sentido dura cientos de años: son procesos que no podemos acelerar,
y están ligados a la ignota fantasía estructural de los europeos. Visto
con los ojos de una generación, este salto es desesperante, pero si la inmaginamos
animadas por iglesias románticas, municipios góticos, teatros neoclásicos, pequeños
parques de estilo parisino, esta periferia sería menos desierta. Y
detrás de la breve duración social de los productos industriales sobre lo que
jugamos el ritmo mas veloz de las vidas europeas (el percal, la locomotora, el
automóvil, la batidora, la computadora ceden luego de algunos años) el paisaje
y el ritmo de las cosas consolidadas siguen siendo los mismos. Es cierto que el
mueble de acero parece sugerir una nueva duración, pero de un sofá esperamos que
dure, como el crucifijo de Cerdá, lo mismo de una casa. Porqué dentro de una vida
puede entrar solo una vida, las enajenaciones soportables siempre se miden con
la duración social de esas mismas cosas que desde hace mil cincuenta años se miden
en Europa: la propia habitación (sostiene De Maistre y Perec) y por eso, por ejemplo,
todos los Hilton y los Sheraton deben ser iguales; los temas colectivos de la
ciudad por eso deben ser todos los mismos. Los
tiempos de la política Los
tiempos de las decisiones de los apasionantes temas de la ciudad- centro histórico,
estadio, parque teatro- son a menudo más lentos de los que algunos desearían:
estos denuncian el grave “retraso”, seguros de la dirección del progreso en una
pista jalonada a lo largo de la que cada ciudad se encuentra mas adelante o más
atrás. La
noción misma del progreso es bastante problemática, mucho mas lo es su dirección,
en términos de condiciones morales o de hechos materiales, tan nítida en cambio
para el horizonte de Concorcet o de Marx. El rechazo que los ciudadanos y reprochan
al consejo comunal es solo el nombre que le dan a la dicotomía entre el tiempo-
la duración, el ritmo- que ellos le atribuyen a demasiadas cosas, y el tiempo
que atribuye la mayoría actual, un tiempo que a su vez varía de ciudad en ciudad
según su estilo, expresado durante siglos por la celeridad de sus decisiones sobre
los temas colectivos. Pero,
ni siquiera la eventualidad de que algún deseo negado hoy sea acogido mañana autoriza
hablar de “retraso”, porqué las decisiones públicas son socialmente buenas o malas-
sugería Polanyi- sobre todo por el momento en que son tomadas (ya que un excesivo
anticipo puede cambiar el sentido actual de aquellas que la sociedad hará suyas
luego); y aquellas concernientes a la belleza de la ciudad son justas solo cuando
son congruentes con su estilo. Existe
la convicción de que, si no se puede remediar este “retraso” absoluto tan unido
al estilo de una ciudad, al menos se puede obviar el retraso correspondiente de
las cosas, disponiéndolas en secuencias preestablecidas: la condicional si/si,
una conexión de ternas importantes, el plan de acción de un plan estratégico.
Pero,
esta convicción ignora que la percepción de los tiempos de cada cosa no depende
de sus conexiones recíprocas: el retraso en el hacer o en el deshacer aletea en
torno al significado que cada cosa va asumiendo o perdiendo. Del
mismo modo incluso, incluso los programas y los planos que pongan de acuerdo en
un único diseño cosas distintas- tan de moda en los años del socialismo- ignoran
la dimensión temporal de cada cosa, achatándolas en el tiempo propio, como un
teleobjetivo achata la profundidad de espacio. Ni el “magister Urbis” es un adivino
capaz es un adivino capaz de evocar la forma ‘’forma Urbis’’ en el fin de la historia,
que en si- una vez esculpida -, como sugería Patte, en el atrio del palacio municipal-
implique la propia realización porque contiene los tiempos de todos. La
diferencia entre la esfera de la política y la individual (del pensar y del sentir)
es que la primera debe ser reversible, mientras que la segunda, en su pretensión
de ser verdad, es intrínsecamente irreversible, y cada uno está convencido de
que la propia idea es la justa: por esto, estos programas y estos planos, espejos
del deseo de inmortalizarse en algo eterno, se disuelven en la reversibilidad
de la esfera política, donde cada uno quiere en todo momento realizar los propios
sueños, nuevos y móviles, en el mismo campo. La
política de la ciudad, es decir sobre las cosas materiales, consiste precisamente,
en concreto en la continua transgresión de las decisiones ya tomadas para ponerlas
de acuerdo con la duración incorporada en cada una de ellas, a su vez continuamente
en tensión entre la voluntad individual de cambio y el deseo social de estabilidad.
Es
cierto que la estabilidad morfológica de la ciudad se nutre de continuas informaciones
sobre los futuros posibles- los sueños y las idiosincrasias de los ciudadanos-
de las que por azar surge (casi siempre en la apropiada forma de una indiscutible
emergencia) una catástrofe oportuna, que le asegurará quizás una mayor riqueza
de chances, de modo que cada uno puede seguir pretendiendo lo que no podrá tener,
debe seguir soñando incluso las cosas imposibles que incorporan tiempos seculares.
Es
cierto que e concejo comunal debe promover a su vez un incesante ejercicio a la
fantasía sobre las futuras transformaciones de la ciudad, elemento esencial de
esta información sobre los futuros posibles, mejor expresado en figuras que no
acaten el tiempo ilusionándolos con poder detenerlo, sino que diseñen en cambio,
el jardín de los deseos que se bifurcan, figuras que reflejan el levitar de las
chances abriéndose como un abanico desde lo simple a lo complejo en vez de encerrase
como un embudo desde lo complejo a lo simple, acompañando el crecimiento de la
complejidad con el paisaje brumoso de la incertidumbre. Por otra parte. ¿Porque
pretender de la esfera política lo que no puede dar? El concejo comunal no es
el dueño de decidir sobre cada tema que se inserte en su orden del día, porque
las decisiones que ignoren los tiempos sociales de las cosas quedaran privadas
de efecto: sobre todo aquellas expresada en forma imaginadas como sí el mismo
concejo fuese un sujeto político, con una propia autónoma personalidad, y con
una estrategia capaz de expresar a todas las cosas una duración compartida por
todos los ciudadanos, mas que ser el solo lugar de tomar nota del lento cambio
del tiempo incorporado en las cosas, en las estrategias de los ciudadanos. Entonces
varía el escenario de una ciudad- un plan estratégico como se dice- poblado de
figuras dispuestas sobre horizontes distintos, cada vez mas fuera de foco hasta
disolverse en el color azul de la lejanía. En primer plano las nuevas calles,
escenario inmediato para las casas del mañana, con sus servicios conectados que
no esperamos que une más de una generación. (Mercados, escuelas, hospitales).
En segundo lugar, las calles que le quitan sentido a las casas habitadas (las
demoliciones de todo tipo) y a la esperanza de casas (los espacios verdes hoy
de moda). Luego los tiempos de larga duración (municipio, teatro, parque, estadio,
centro histórico) sobre los que varias generaciones decidirán, y entonces cambiaran
de forma varias veces. Sobre el fondo, finalmente, las modificaciones a los símbolos
consolidados de la eternidad (la fachada de la catedral, la plaza municipal, el
‘’gazebo” del parque que provocarán en muchos ciudadanos un raptus de angustia
quejumbrosa. Cuando
mas lejano es el horizonte del tiempo, mas ambiguas y contradictorias serán las
figuras que diseñaré, pareciéndome que el poeta de la ciudad debe sobre todo evocar
esos lugares vacíos en el escenario visible de la ciudad, en torno a los cuales
puedan mágicamente florecer los sueños de los ciudadanos. Lamentablemente es muy
poco lo que puedo escribir de las ciudades Argentinas, sería vergonzoso, pero
me pregunto si lo hago: puede ser bueno al menos para que dejemos de ser analfabetos:
siendo así somos bárbaros y soberbios. Tenemos
que aprender de nuestras ciudades, de su historia, la capacidad de soporte de
una generación, que obviamente pasa a otra generación. El reflejo de lo que somos
lo vemos en el espejo de nuestras ciudades. El político no está capacitado, el
profesional es bufón del político, la universidad, gran parte de sus miembros
buscan curriculum, pero no están capacitados: claro no están las excelencias que
las generaciones anteriores con orgullo obstetaban y trasmitieron, a los que hoy
no comprendieron el mensaje, se olvidaron de la universidad, simplemente buscan
la figuración, pero se disuelve en los pies de barro de cada idiota que pretende
ser o que jamás podrá ser. Estamos
esperando al Mesías, para que nos salve, pero no creemos en Él, ensuciamos las
aguas del cántaro y no nos damos cuenta que nos purifica, decimos que somos progresistas
y somos retracistas. Nos vanagloriamos de la nada, porque no somos nada. Decimos
que no tenemos presupuesto, mostrando que no sabemos manejar el dinero, decimos
que somos del primer mundo, y, no sabemos como definirlo. Somos cobardes pero
no queremos reconocerlo, porqué no sabemos nada, ni siquiera que es el conocimiento.
Hablamos de la pobreza, pero nos preguntemos quien es mas pobre el que está en
carencia de las cosas materiales, o nosotros que somos los peores de los pobres
porque somos pobres de espíritu. Los
municipios cúmulo de chismografía en detrenimiento del pueblo que ya está cansado
de esperar. Nos quejamos que nos pagan poco, pero no decimos que somos vagos incoherentes,
y nos apasiona la burocracia, odiamos al inteligente y buscamos la forma de destruirlo,
y no nos damos cuenta que el no está marcando la luz del camino. Nos
fijamos que hace el otro pero no nos fijamos que hace cada uno. Eso se llama incapacidad.
Nos
quejamos del país, el no tiene la culpa si está así parque eso es lo que queremos,
porque no somos capaces de defenderlo porque nos da vergüenza. Los
políticos atacan a los profesionales inteligentes de la administración pública,
porqué se dan cuenta con solo hacerlo que reconocen que no pueden ocupar un cargo,
la historia desde el año 1982 lo demostró. Tenemos
las grandes ideas, vivimos en una torre de Babel, no logramos entendernos, porque
simplemente no queremos, y observemos a la pobre argentina. Pensamiento Si
en una encuesta de los telenoticieros me preguntaran cuál es la sentencia mas
representativa de este siglo, respondería sin lugar a dudas, los monumentos existentes
componen un orden ideal que se modifica cuando se le introduce una nueva obra
de arte. El orden existente esta concluido en si antes que llegue la obra nueva;
pero luego de que esta apareció si el orden debe seguir subsistiendo, todo debe
ser modificado, aunque sea poquísimo. Al mismo tiempo todas las relaciones, todas
las proporciones, los valores de cada obra de arte encuentran un nuevo equilibrio;
y esta coherencia entre lo antiguo y lo nuevo. Y agregaría enseguida la relación
de tal elección: porque aun formulada en une época de una profunda crisis, que
estamos viviendo en los albores del 2000, la misma garantiza a la cultura, el
arte y a la arquitectura occidental la idea de la recomposición coherente de los
fragmentos discontinuos en el espacio y en el tiempo. Y, de vez en vez, el medio
de la reunificación está dado por una obra. El articulado ‘’una” parece designar
la cantidad mínima necesaria y suficiente. Basta
una sola obra, siempre que resulte verdaderamente nueva. Nueva, no tanto en cuanto
al tiempo, sino en cuanto a la inteligencia crítica, al valor creativo, al significado
sintético. Al
considerar la arquitectura Argentina, las ciudades construidas entre los siglos
XVII, XVIII Y XIX, noto enseguida la existencia de una serie desordenada de monumentos,
realizadas por el humanismo, no porque ellos fueran malos o desconocían el orden,
sino porque se desordenan en las ciudades argentinas marcadas por la incoherencia,
donde ni siquiera yace una neurosis geométrica, y la vamos a agregar discreta.
De la ciudad de Tucumán que podemos decir. Cuando
en nuestro país este orden comience a funcionar como telar para la compaginación
edilicia, así virtualmente el correspondiente ambiente urbano triunfa, imaginado
sobre el fondo de las sombras de la historia. Luego
la tradición arquitectónica Argentina se regeneraría, pero para ello necesitamos
arquitectos, manieristas y transgresores, pero por sobre todo con mucha audacia.
Mas tarde ya se limita a mantenerse así misma. Existe, sobrevive. Sin embargo,
son reiteradas las tentativas y los exorcismos para sacarla de sueño letárgico,
pero todo fracasa. tu
opinión |